I
Este mundo me ha enseñado la prisa
a caminar por mi derecha siempre
a no detenerme para no estorbar
A veces, sin embargo, levanto la vista
y puedo ver las aves bañándose en el sol
los resplandores verdes en el cielo negro
(los resplandores verdes en el muro azul)
las auroras sintéticas del hombre:
imitador puntual del mundo.
(Las notas, con su aire triunfal
inauguran el silencio
del que escribe estas palabras)
II
No es sólo tu sexo
(cáliz de musgo de la vida
granada abierta en flor
fuente del néctar de mis labios)
lo que me incinera, musa mía.
Es también tu valentía
tu habilidad de extraerme de las ruinas,
de sacudirme el polvo de los ojos
y devolverme a la luz del día
(Como un intruso, el ruido se filtra
en el flujo acuático de la poesía)
III
No quiero, me sacudo, me resisto a
las sombras del recuerdo de la mente.
(Antes el sur era la utopía,
cúmulo de sabiduría en la piedra,
tallada por las manos del artista.
Hoy es sólo el museo de la mentira.)
No lo logro, de nuevo he regresado:
Estoy sumido en la noche del parque
entre néctares de vida y de mango
y la noche creada por tu boca.
La desaparición de tu sonrisa
en virtud de la verdad que se abre paso
y aplasta el ideal de tu idea
(Vivía sumido en la teoría de tu idea
en la caverna, la sombra perfecta
emitida por la mujer falible.
Platón desvirtuado, pero entendido)
Mas este dolor no tiene destino
se pierde en el agua fría de tu voz,
en el agua tibia de tu sonrisa
en el agua hirviendo que me da tu amor.
IV
Debajo de la máscara
no sólo se oculta el hombre
se disfraza también
de lo que quiere ser.
V
Embistiendo la pared con furia
y mugiendo con rabia y con dolor
el poeta ataca las palabras,
el minotauro embiste su cárcel:
(Al otro lado estás tú.)