Nos despeñamos
de un abismo a otro abismo.
¿No existe algo más?
sábado, 22 de septiembre de 2012
lunes, 17 de septiembre de 2012
¿132?
El movimiento Yo Soy 132 y su actual y progresiva decadencia son elementos fundamentales para comprender el panorama político del México actual; a través de sus demandas y acciones se amplificaron las voces del sector más inquieto, el más convulsivo de nuestro país: la juventud. Intentaré entonces desentrañar mis impresiones sobre el tema, sin obedecer ideologías pero con pasión, porque ante la injusticia, la frialdad es complicidad.
Desde su génesis misma, el movimiento mantiene una postura abiertamente antipriísta y de izquierda. Esto, a pesar de lo que opinen muchas otras personas, no me parece una limitante importante; las ideas del conservadurismo y de la nostalgia por el presidencialismo estaban bien representadas. El 132 agrupó lo que la izquierda institucional no logró congregar: voces jóvenes que demandan medidas que abran la puerta de la democratización. Ante esa última palabra quiero detenerme y reflexionar: las acciones que ha tomado el movimiento (no todas. La mejor de ellas: el tercer debate presidencial) se acercan a una democracia más plural y participativa. Menos rígida y, definitivamente, más moderna.
Sin embargo, me topo con un primer problema al intentar comprender sus posturas: ¿A quién escuchar? La cantidad de voces que se escuchan en su brumosa organización es apabullante y contradictoria. Se hablará de infiltración y desprestigio por parte del "PRIAN". Lo cierto es que lo que comenzó con la pluralidad como bandera ha degenerado en un monstruo con demasiados rostros, algunos ni siquiera representados por estudiantes sino por lo que denominara Edmundo Flores "infrarrojos": individuos que han aceptado —con poco análisis y menos reflexión— las tesis de la más radical e insalubre izquierda
.
Al leer el manifiesto del movimiento me encuentro, además, con frases que se evaporan por fáciles y doctrinarias. Desde el primer discurso, el 132 ha incurrido en un maniqueísmo sofocante. A través de fórmulas huecas emborronan en poco tiempo sus perspectivas. Se declaran descendientes de todo: del movimiento estudiantil de 1968, del magonismo, del vasconcelismo, del zapatismo, de las huelgas de médicos y ferrocarrileros de mediados del pasado siglo...en fin. Minimizan así la diferencia de alcances y objetivos políticos de tan variados acontecimientos nacionales. Incurren en una visión dicotómica y llana de la historia.
El movimiento utiliza a internet y, en específico, a las redes sociales como instrumento de difusión. Observo una tendencia a la confianza ciega en lo que digan tales medios. Se cree que, por ser herramientas al alcance de cualquiera, no hay manipulación informativa cuando es justo al contrario: Efectivamente porque puede usarlos cualquiera, la manipulación de tinte ideológico es vasta. Las imágenes y textos que tan febrilmente se comparten por las redes sociales son muchas exageradas, cuando no falsas. A pesar de que el PRI es un auténtico peligro para la democracia y de que su candidato —ahora presidente electo— es ignorante, a veces resulta igual de ignorante y peligroso compartir contenido incendiario y sin ningún tipo de sustento. La crítica y el escepticismo no son tales cuando se aplican de manera parcial, unilateral.
Es también inevitable la comparación con el movimiento estudiantil de 1968. A pesar de que es cierto que hay un paralelismo, una relación de vasos comunicantes entre ambos estertores, no son menos fundamentales sus diferencias. En primer lugar, el movimiento del siglo pasado se encontró con un estado paternal —que no paternalista— y mucho más autoritario que el actual. Una buena prueba de ello (porque casi escucho ya las voces de desacuerdo) es que el 132 no ha tenido que lidiar ni con la Policía Federal ni con el ejército. Es cierto que ha sido intimidado con violencia pero eso ha ocurrido siempre a nivel local y con agresiones provenientes del sector más ignorante de la política nacional: los presidentes y las policías municipales. Las manifestaciones que se han realizado en la ciudad de México y las acciones de protesta (algunas incluso fuera del espacio público) han sido siempre respetadas. Acaso podríamos atribuirle tal hecho al gobierno de izquierda que tan bien se ha desempeñado en nuestra capital (recordemos que en 1968 no había un Jefe de Gobierno capitalino).
Si en 1968 el gobierno de Díaz Ordaz pecó de sordera, no podemos recriminarle lo mismo al actual sistema político. A los jóvenes muertos en Tlatelolco no se les escuchó con la misma celeridad que a los integrantes del 132. Si bien es cierto que el duopolio televisivo presentó siempre al movimiento de manera parcial e incluso mentirosa, sus integrantes pudieron organizar un debate presidencial lejos del rígido esquema de los debates anteriores. Nunca se había dado un paso más franco y más grato hacia la participación ciudadana en época electoral. Lo sorprendente no es su iniciativa sino el hecho de que tres de los cuatro candidatos hayan aceptado participar en un encuentro que, lejos de complacerlos, los retó a salir de sus fórmulas proselitistas y entrar en un verdadero ejercicio democrático. En ese sentido, el 132 ha sido mucho más inteligente que el movimiento de 1968: no niega ni reta al Estado sino que busca su democratización, su apertura.
Después de 2006 el país está en una constante crísis política. Las dudas que abrió la elección presidencial de hace seis años han alejado a la población de su sistema de gobierno e incluso de la participación ciudadana. Después de la escalada de violencia iniciada por el presidente Calderón, es casi unánime el miedo y la incertidumbre con respecto al panorama nacional, (Acaso sólo el miedo es tan ubicuo como la desconfianza en nuestros políticos), tal perspectiva deparaba elecciones mediocres y, sin embargo, el 132 les inyectó un aire nuevo, un aire de crítica y de reivindicación de la protesta social estudiantil, que había quedado estigmatizada después de las respuestas del gobierno priísta en 1968 y 1971.
Es cierto que ha habido intentos de desarticular y desprestigiar al movimiento, después de todo su postura no es complaciente. Es cierto también que se ha utilizado la violencia contra sus integrantes. La denuncio y la repruebo. Sería incongruente criticar al 132 y dejar intacto al sistema contra el que protestan. Efectivamente el futuro se antoja, con un presidente y un sistema corruptos e ignorantes, tenebroso. La perspectiva de México bajo el gobierno del PRI, como a todos, me aterra.
Hasta aquí he insistido en algunos términos: pluralidad, apertura, democratización. No es una casualidad. Si los menciono con tanta frecuencia es porque estoy convencido de que sólo tales procesos nos conducirán por un verdadero camino de progreso y de evolución de conciencias. Hace mucho que el pueblo mexicano está aletargado gracias a la basura que le ofrecen los medios masivos, pero también a la poca crítica y a la poca vocación democrática de la izquierda. Si la democracia es algo, es crítica y es pluralismo; es un error pensar que la democracia provendrá del Estado y su corrupta putrefacción. El camino de la democracia es lento e implica el perpetuo ejercicio del debate y la búsqueda de consenso. El 132 ha dado un paso certero hacia la democratización y corresponderá a la juventud empezar a ejercer un juicio permamente con su entorno, no para consumar un proyecto "de izquierda", sino para algo un poco más ambicioso: consumar, con verdadero pluralismo y tolerancia, una democracia en México.
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