martes, 11 de junio de 2013

A una desconocida

Lejos, a través del pasillo atestado
admiro tus tobillos blanquísimos,
frágiles, asesinadamente limpios,
apresados por un tacón rojo.

Me complazco: levanto la mirada
descubro la tela de tu falda:
dulces pantorrillas, muslos incógnitos,
piel que a duras penas imagino.

Caderas casi dúctiles, senos casi púberes,
nariz que anuncia la mejor de las sonrisas
el cabello que sostiene un flanco de tu cuello
-diviso un lunar en las postrimerías de tu oído-
me abstraigo, me prendo de tu olor que imagino.

No advertí que giraras el rostro
pero sentí el hálito de tu escrutinio
la girándula de tus ojos encendidos
y entonces -prodigio entre prodigios-
nos sonreímos.

Y seguiste caminando en el pasillo atestado.

viernes, 7 de junio de 2013

El poeta reniega de sus palabras

¿De qué sirven, putas? si no han de levitar hasta otro espíritu, si han de morir en las esquinas, si he de exhalarlas en un soliloquio informe a las tres de la mañana  ¿de qué sirven si no existe nada? Bastardas, me han encerrado. Me han atado de pies y manos, me han embutido diccionarios, términos, ideas, mitos cristianos. Me han aislado. Y mi prisión son las cosas que amo. Estoy solo, es enorme la hora, las cosas crecen en su propio ser, se expanden hasta implotar, arden. La madrugada es una ponzoña que sube por la boca del estómago, me patea en la garganta, escurre: rancia sustancia, viscosidad violácea y abstracta. Imploro: ¡No más de este inédito teatro de sombras esquivas! ¡No más quimeras! Mas no hay nada que hacer; ustedes no sirven. Hatajo de hienas frígidas. Bola de hipócritas tumultuosas. No hay nada más qué hacer por ustedes. Están muertas. Tendré que salir a buscar una bolsa larga y negra, destazarlas, encobijarlas, tirarlas a la orilla del camino, limpiarme las manos, retirarme corriendo/ recorriendo las calles donde nacieron. Convocar a gritos un nuevo séquito de las de su tipo, descolgarlas de los cables de los barrios más infectos, rescatarlas del agua podrida de los parques,  robarlas de los ricos que poseen demasiadas,  mendigarlas de los tacaños, hurtarlas de los distraídos.  A ver si junto las necesarias para derrocharlas. A ver si no se me vuelven a pudrir en el gaznate oprimido de los malos recuerdos y la poca disposición.  Mueran. Y que vengan otras nuevas.