Lejos, a través del pasillo atestado
admiro tus tobillos blanquísimos,
frágiles, asesinadamente limpios,
apresados por un tacón rojo.
Me complazco: levanto la mirada
descubro la tela de tu falda:
dulces pantorrillas, muslos incógnitos,
piel que a duras penas imagino.
Caderas casi dúctiles, senos casi púberes,
nariz que anuncia la mejor de las sonrisas
el cabello que sostiene un flanco de tu cuello
-diviso un lunar en las postrimerías de tu oído-
me abstraigo, me prendo de tu olor que imagino.
No advertí que giraras el rostro
pero sentí el hálito de tu escrutinio
la girándula de tus ojos encendidos
y entonces -prodigio entre prodigios-
nos sonreímos.
Y seguiste caminando en el pasillo atestado.
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