Al filo del vaso abandonado,
frotan sus patas las moscas lujuriosas
(cada una es la oscuridad de la noche).
Yo camino en la orilla más soleada,
no busco nada: busco sombra,
la calma junto a un cuerpo,
debajo de un cuerpo, frente
a un espejo que nos repita.
Los automóviles formados en el sol
se derriten bajo la tarde ardiente.
Cementerio de cacharros malévolos.
Frente a mí, sentado en la banqueta,
un muchacho se da un festín de uñas.
Las muerde con la vista distraída,
con la mirada observando para adentro.
Con bocados específicos, precisos,
disecciona el cadáver de sus células.
Cuento tres veces las letras blancas:
Coca-cola coca-cola coca-cola,
todas sobre el mismo telón rojo.
La tarántula vendiendo su veneno.
Trenes taxis buses caminos
calles, calles, calles.
Dos horas más tarde estoy frente a un cuaderno,
y la mente se desliza hacia otros cauces:
la obligo a detenerse en el cielo nocturno:
sólo se ve el óxido de una estrella
abandonada tras las ramas de un saúz.
Busco, veo cuatro pirules temerosos,
apretujados junto a la luz de un farol.
Veo más, veo una calle húmeda y sola.
Miro mi interior: una duda encendida,
como un cirio en una iglesia de la sierra.
Veo la espalda de una mujer desnuda
que se desvanece de mis sábanas,
apenas levanto la mirada.
Veo un barquito de papel que tú inventaste
una tarde a la mitad de la Reforma
(te recuerdo esa tarde y otras tardes,
el color de tu sonrisa por las noches).
Y como en un barco de papel te imagino
en el punto aquel del horizonte
donde no se alcanza a distinguir
si van o vienen los navíos.
Así tú te pierdes en la aurora.
[Así no sé si hoy volverás, mujer.
así no sé si abandonar los muelles.
Así no sé si hoy volverás.
(Anochece frente al mar,
frente a su bella inmensidad).
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