martes, 24 de septiembre de 2013

Espacio en el espacio

Tenemos aquí a un hombre, apretando el gatillo contra
         sus sienes                                                                
Enrique Lihn


No te conozco aún, sé tu sonrisa,
la transparencia de tu falda ornamentada
el límpido vaho de tu presencia
y poco más. Soy un extranjero
en tu patria de silencios.
Te miro hablar; vocablos con ritmo
endemoniado, confederación del futuro
y el pasado y todos los tiempos
emanados por tu voz, Casiopea.
Breve parpadear de labios.

Eres la promesa del buen clima
y el pan siempre sobre la mesa.
La calma. El estruendo de los años
en un carro sin redilas. El precipicio
al que salto sin paracaídas.
No te conozco aún. No sé tus miedos
ni las cosas que deseabas cuando niña
ni aquella remota tarde en que tu padre
te llevó a conocer el hielo. No sé nada
pero todo lo sé. Conozco el tacto
de tus manos. la curva infinitesimal
de tus falanges apretadas, el temblor
gracioso de tus ropajes al viento,
la piel de tus hombros empapada en lluvia,
tus tobillos grises de tanta ciudad
a tus pies. Tu mirada.
La transparencia de tu falda ornamentada.

Tomo una palabra, tu nombre, Viridiana,
la estrujo, examino sus bordes,
limo las asperezas de las esquinas
cepillo su piel borrando imperfecciones
hasta que emerges, cual recién nacida.
Hay algo de constelación en tu sonrisa
hay algo de planeta en tu andar cauteloso
algo de vía láctea en tu cuerpo sin sal.
pero tu nombre son sólo sílabas
y no verdad. Los hombres son inasibles
si se les quiere coger del nombre.
Somos más que nuestros nombres y tú eres más
que tu mirada. No te conozco aún
pero en mi cama, a la mitad de la noche,
cuando no soy más que un libro y un cigarro
tu nombre aparece entre las páginas
y el humo que aspiro se impregna de ti.

Náufrago cada vez que te encuentro
busco tus pasos en los charcos de la lluvia
que no deja nada en pie sino el recuerdo.
(andas por mi mente como por tu casa,
como un fantasma helado por mi espíritu)
Nada nos separa más que nuestra condición
de humanos. Nada más que un par de universos
donde hemos vivido lejos todos los años,
todo el tiempo separados, siempre aislados
el uno del otro. Mas yo ya te intuía
en la humedad de los bosques olvidados
en el trinar más agudo de la tarde
en el respirar sosegado de las nubes
te intuía:
            andabas siempre agazapada.

Todo el mes ha llovido y los follajes
respiran enmohecidos de sí mismos;
hinchan sus pulmones branquias vegetales
y expulsan aire que se vuelve vida.
A ti también te sienta bien el clima:
pareces cada tarde más reposada
como si de tu piel fluyera húmeda
la sustancia del tiempo y de las cosas
(La sustancia primera, la que dio forma
al hombre y a sus prodigios.
La sustancia quimera, la que incineró
la esperanza del abandonado).

Oh, mujer, qué ansia de respirar tu aire
de conocer tus pupilas por la noche
[y por la tarde.
e inventar figuras y figuras con tu aliento.
Asi toda la penumbra, hasta que amanezca.

Sin título
Fotografía de Mono Fingal

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