sábado, 25 de agosto de 2012

Anochecer (Concierto en cuatro movimientos)


I

A tientas me acerco a las palabras cerradas como el bulbo de la flor. De libarlas, podré incendiar nuestro lenguaje, reproducir el estado edénico y divino en que se encontraba mi ser todo, temblando ante el abismo de tu ser. Abiertas tus piernas,el centro de tu cuerpo asomaba alumbrado apenas por la luz lánguida y vacilante del sol que se extinguia en el horizonte. Reverbera todavía aquella escena entre mis pensamientos; me persigue, me acorrala y me apuñala a las horas de la noche más insospechadas y aleatorias. ¿Es que el recuerdo de tu cuerpo, la sensación de entrar en ti, han de perseguirme por siempre?

II

Advertí en la composición de la  tarde tres elementos fundamentales: Luz, Murmullos, Viento. La primera se filtraba, fluía por los huecos entre el follaje del fresno que, con su sombra restauradora, me cobijaba. Los segundos, distantes, sugeridos apenas en el entorno, otorgaban una suerte de ritmo a la escena. El tercero no era muy fuerte tampoco; acaso debiera solamente apuntar que era fresco, que hacía bailar las páginas de un periódico que minutos atrás había concentrado toda mi atención.  La conjunción de estos tres elementos construía una instantánea poética, líquida, que no logro verbalizar.

III

¡Deja de comadrejear, Palabra! Te escabulles, te me vas entre las yemas de los dedos cuando ya me había convencido de tenerte sujeta. Recuerdo bien aquella noche en que te atrapé: las luces eléctricas iluminaban de colores el cielo. La estación de trenes, a pesar de su bullicio, otorgábame un toque inédito contigo. Te desdoblaba, Palabra, te recortaba y te organizaba. Y tú, dócil colaboradora, te dejabas tocar. ¡Retírame esta distancia y vuelve, Palabra! Deja que contigo nombre mundos y construya realidades, para que me nombres a mí de paso.

IV

Ahora mismo ya no pertenezco. Mi estructura de identificación con el mundo, mi modelo jírafocentrista ha naufragado. Debo ahora aprender a pertenecer al mundo: a saberme hermano de cada árbol, del musgo que respira sosegado, de cada átomo electrizado con vida. Debo aprender a mirar todo lo vivo directo al espíritu. Puesto que la poesía es un lente que nos cambia la visión del mundo, debo valerme de ella para aspirar a  disolverme en el Gran Todo. Estar en este mundo sin aprender a sentirse uno con él (con todo él) es ser siempre nómada, siempre errante, siempre huérfano. Me declaro tuyo, Mundo. Me declaro tuyo, Vida. Hagan conmigo lo que tenga que hacerse. Hermano, no de todos los hombres sino del Hombre: todos uno. Todos el mismo gran templo que es la vida misma.

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