lunes, 27 de agosto de 2012

Desde la otra orilla.


I 

He de escarbar profundo entre la arena
bañada tantas veces por el agua que va y viene,
he de escarbar hasta encontrar vestigios
estrellados contra la noche de las rocas.
¿Estoy en el mar, o en medio del desierto?
¿Hay acaso alguna diferencia?

Lentamente, el Gran Todo, la palabra
ha de llevarme a encontrar, empolvados,
los restos de una infancia transcurrida
entre galerías de espinas; la nopalera inmensa,
explorada como tantas veces exploré después
otro  terreno indómito y defensivo:
el tímido cuerpo femenino.

Trepado en un caos de piedras prehistóricas
con la rama de un trueno por certero arpón
yo jugaba a que cazaba ballenas.
Siguen las piedras, sigue aquel trueno.
¿Sigo yo también? ¿Nos conocemos acaso
aquel niño y este hombre? ¿Me reconoce?
Lodos de aquellos polvos, ecos de aquellas lecturas
mis poemas prolongan mis juegos de la infancia.

Luego estaba el cementerio de circuitos
cubiertos por el musgo y las gotas de lluvia:
televisores y equipos de sonido
abandonados bajo un capulín apartado.
En expediciones furtivas, los diseccionaba
y construía con sus piezas novedosos juguetes.
Clavijas convertidas en garras de un tigre,
por mi solitaria imaginación febril.
Primeros ejercicios de mutación
de formas y sentidos. Primeras intuiciones:
una voz secreta me observa y me guiaba
desde entonces.

Sugerido apenas por el viento del norte,
atravesando kilómetros hasta mi ventana
se escuchaba el silbato de un tren de carga.
Hace quince lustros un maquinista pobre
y una jovencita rural se abrazaron en la estación
de vidrios rotos y taquillas clausuradas..
Mis bisabuelos se encontraron junto a las vías
que ahora piso tan a la ligera.
Suena, aumentado por sus fantasmas
el tren entre la nopalera.

Unánimes, entre la yerba y la tierra
correteaban las hormigas rojas.
Su hormiguero junto al cruce de veredas
demarcaba el fin de mis dominios.
Allí era la frontera. Junto al maguey milenario
junto a la milpa y la pera.
Junto a los montones de cal y arena.
Allí era la frontera.

En la calle cada dia de San Martin
desfilaban las antorchas y los cohetones:
chiflidos de júbilo que truenan en el cielo.
Me impresionaba ver el fuego de sus astas
en la noche, ya sin astros.
Mas, al mismo tiempo, me tranquilizaba
la visión de algún rostro conocido.
Como si compartiéramos un secreto
como si estuviésemos en casa.
Nunca entendí a dónde iban.
Ni quiénes eran los que ya no regresaban.
Nunca la muerte nubló mis reflexiones,
nunca pensé en el cese de los seres.
No había muerte en mi mundo infantil:
todo era perfecto y eterno y fuerte
hasta que no lo fue.

Consumando el matriarcado silencioso
de mi casa tan machista
mi Madre fue de pronto la única.
No habia Padre a quién consultar.
Crecí como escribo esto:
solo, a oscuras, furtivamente
a la mitad de la noche.
Sin que yo mismo me diera cuenta
me hice de una conversación interior
con un interlocutor desconocido.
Ahora te identifico, Palabra.
Desde entonces guiabas mi demencia
la encauzabas hacia el surtidor
a distancia que es este poema.
¿Me has poseído siempre, Palabra?

II
Escuela amplia de pastizales inundados
mi secundaria fueron años turbulentos.
Ya antes había descubierto mi cuerpo
pero allí, apresurado en los recesos
descubrí el otro cuerpo.
El cuerpo femenino, en cuerpo de una niña
de piernas lánguidas y labios divinos.
En los angostos claros entre los árboles
del jardín más apartado, nuestras lenguas
reconocieron otras bocas. Primeros besos.
Primeras vislumbres del abismo.

Por el camino de regreso a casa
temblando bajo la ola de calor seco
la gente iba y venía en los tianguis
para mí todo era otra vez nuevo.
Más de una vez dí rodeos inútiles
por los puestos de lonas rojas.
Entre chácharas y mesas de fruta
creía saberlo todo. Y todo lo sabia.
Con el paladar adormecido
por el frío del ácido sorbete color verde
exploraba los mercados como antes
exploré  las nopaleras.
Explore entre la gente
y entre los otros me encontré.

Ilusionado por los secretos de los números
negando que somos uno mismo, Palabra
busqué mi futuro entre las fórmulas
del código binario. Los poemas hibernaban,
sin pensar en las palabras, maduraban.
Sin pensar siquiera en mi voz, yo cantaba.
Aún no nos presentaban, Poesia.

El único que guardaba silencio era Dios.
¿Dónde estaba, por qué jugaba a esconderse?
Esperaba al viejo patriarca de barba blanca
y al viejo patriarca celestial negué.
Me decidí por no creer, por no buscar al Gran Todo.
De un golpe cerré los ojos al entendimiento.
Lentamente los voy abriendo apenas.

III

De pronto sobrevino un perpetuo escozor,
una urgencia. Un cúmulo de palabras atoradas
y que sobre el papel me mostraron un ritmo,
una tierna silenciosa personal música secreta.
Comprendí el fuego que había nacido.
Comprendí este fuego que he sido siempre.
No existo sin ti, Palabra. Me nombras.
En tres silabas luminosas mi nombre mismo es tuyo.
Palabra traicionera y mentirosa.  Caí ya en la cuenta:
no eres más que una falsificadora del mundo.
Perpetua cárcel de los hombres. Me mientes y te miento
Palabra, única verdadera cómplice.
Tú y yo sabemos el secreto.

Vendrán otros años y vendrán otros poemas.
Pero hoy, hacia agosto de dos mil doce
queda grabado en la piedra este ejercicio.
En una noche limpia de estrellas, a unas horas
de que el cielo se incendie y amanezca,
estuve. Planté estos signos sobre el espacio vacio.
Me busqué en el lenguaje divino del poema.
Y en la alquimia del lenguaje, me encontré.
Sin este poema, soy apenas bosquejable.
Sin la poesia, no soy más que humo.
Pero esta noche, mamando la luz de una farola
(estrella artificial de alcances amarillos)
existo.

Coda:

Después de ver hacia atrás, queda solo el horizonte.
¿Qué viene, qué hay adelante?
Otras palabras, otros momentos, otras personas, lo dirán.
Y mientras, Palabra, vámonos de la mano.
Que parece que hemos de ser cómplices,
hasta mi propio anochecer.

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