lunes, 18 de marzo de 2013

Westminster al atardecer

A veces ser no es más que un simulacro,
una farsa contada a los vecinos,
una obligación suscrita por contrato
-como llevar el uniforme del instituto
u obedecer la luz de los semáforos-.
A veces uno es en automático.


¿Cómo he de ser, si el tiempo me envuelve?
intento atraparlo: el instante ha pasado
mientras tanto de alcanzar el presente.
Apenas las miro, las cosas mueren;
ya no son las mismas, dejan su piel
segundo a segundo en la carrera
contra el reloj, los oráculos y el viento.


¡Ah, la tolvanera del viento!
quisiera deshacerme en un mar de tierra
como esa que levantaron mis pasos
caminando por la sierra.
Cuando muera, quisiera deshacerme
en las tolvaneras.
Volver a ser fuego y arcilla y arena.
No he olvidado la noche queretana
pero no soy yo quien la recuerda.
¡Quisiera dejar de descarnarme
en la quimera del tiempo y su inclemencia!


Quisiera romper la cadena del tiempo,
perder la edad, olvidar la prisa,
soltarle la rienda a mis pasos.
Colgarme del instante, perpetuar
para siempre el aquí y el ahora.
Vivir en una tarde interminable
con el cielo en un un pálido incendio
de nubes aurificadas. Una tarde
digna de un famoso asteroide:
Be seiscientos doce.
Una tarde ya sin tardes.

Y así, lejos de sus fauces,
olvidarnos del tiempo, amor.
Olvidarnos.

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